Día del niño al estilo Volopapilio

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Como parte del equipo de trabajo de Volopapilio, el pasado día del niño tuve la increíble oportunidad de ir al Instituto Nacional de Pediatría, invitada por el “Grupo Me regalo la oportunidad” para “darles” a los pequeños del tercer piso, niños diadelniovolocon cáncer, un pastel, un par de mariposas y un poco de música. Desde la entrada al hospital percibí un ambiente de alegría, un sabor a infancia, pero sobre todo la increíble intención por parte de muchos voluntarios de hacer pasar un rato increíble a cada uno de los niños del hospital. Cenicienta, Blancanieves, el Chavo del Ocho, Spiderman y Batman rondaban por las diferentes áreas del lugar. En el elevador, Caperucita Roja y la princesa Jazmín me sonrieron. Mis brazos cargaban el pesado, pero hermoso pastel de frutos rojos y me di cuenta que mis manos temblaban un poco por la emoción. Pequeñas sillitas de colores formaban una media luna en torno a la mesita donde colocamos el pastel y tres capullitos donde ya estaban las tres maripositas que al volar cumplirían los deseos de los pequeños que allí comenzaban a sentarse. Ante suaves melodías infantiles que salían de la flauta del señor Jaime, vi caritas felices, llenas de fantasía, ojitos ilusionados, pero también fuerza, dolor y duras pruebas que desde pequeños tuvieron que enfrentar. Sillas de ruedas, mangueritas de suero, bracitos lastimados y cabecitas sin cabello. Vi mamás y papás que sacaban fuerza de su propio dolor y sonreían desde el corazón. Miranda, Santiago y Ana Pau fueron los pequeños seleccionados para liberar la mariposa.

Ana Pau, con sonrisa mágica fue la primera. Yo, sentada a su lado, observaba mientras Claudia le explicaba con infinita diadelniovolo2paciencia lo que debía hacer. Se abrió el capullo de naranja deshidratada y la mariposa blanca voló por unos segundos para luego regresar y posarse, exactamente, en el corazón de Ana Pau que la miraba soprendida, inmóvil, impávida. Ni ella ni la mariposa atinaban a moverse. Unos segundos de magia. Entonces Ana Pau acercó suavemente su dedito hasta casi tocarla y sentir el suave batir de sus alas. La mariposa revoloteó y entonces se fue a cumplir ese deseo infantil.

Miranda, quien desde el principio me cautivó con su mirada, tenía un vestido de flores naranja y una de sus manos, inmóvil por el suero que la seguía a donde iba. Yo diadelniovolo3entreabrí la cajita mágica y le expliqué. La mariposa blanca salió, voló unos segundos y luego regresó al capullo como para resguardarse. Suavemente emprendió de nuevo el vuelo para luego posarse sobre la pierna de Santiago que la miraba con incredulidad. Mágico instante de sorpresa. Tras unos segundos más, la mariposa voló alto y dio algunas vueltas como paseándose por el lugar. Así, se fue. El rostro de los niños se quedó tatuado en mi corazón; una suerte de magia, de ilusión, pero sobre todo de actitud positiva frente a su situación, de fuerza frente al dolor, de enseñarnos a vivir felices y agradecer. Tocó el turno a Santiago, el niño que tocó mi corazón. Solito, impaciente, abrió su capullo con suave olor a naranja. ¿Ya pediste tu deseo, Santi? –apenas alcancé a murmurar cuando su mariposa, la más grande de las tres salió también impaciente a revolotear. Santiago esperó que ésta se posara en él, pero la mariposa paseó por todo el lugar, voló frente a una de las doctoras que allí estaba y luego desapareció. -¿Tú quieres saber cuál fue mi deseo? –preguntó la dulce voz de Santiago. -Sí, claro, mi amor –respondí con voz entrecortada pero llena de ternura. –Mi deseo fue que pronto me cure y pueda salir a correr y comer pastel – afirmó lleno de fuerza, pero sobre todo de esperanza. –Que así sea – confirmé con vehemencia. Y entonces un par de lágrimas necias quisieron asomar de mis ojos, pero no las deje. Lo único que no se vale –había dicho la encantadora Rouss – es llorar. Venimos a estar contentos. Y así fue. Una alegría me invadió, pero sobre todo un amor infinito por aquellos pequeños que llenos de fuerza y valentía enfrentaban su enfermedad, curaciones y tratamientos. Como alguna vez dijo alguien: pensaba que yo venía a dar y fueron ellos los que me dieron a mi. Ellos quienes me dieron una lección de vida, de fuerza, pero sobre todo de esperanza. ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por la tristeza frente al pequeño obstáculo que a veces se nos presenta? Gracias, Ana Pau, Miranda y Santiago. Gracias Rouss y Claudia. Gracias Volopapilio, gracias Enrique Papilio por permitirme tener esta experiencia que sin duda fue una experiencia de amor por la vida, por la pasión de vivir. Verónica Torres.

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